1 de julio de 2026
Herir a las personas con las palabras Reflexiones sobre las jerarquías sociales, la injusticia discursiva y la injusticia epistémica
En otros términos, la autoridad de facto se constituye porque los receptores, incluso si están en desacuerdo con el acto de subordinación, no rechazan o no desvirtúan por medio de actos comunicativos la plausibilidad del respectivo acto veredictivo ni la justificación de los respectivos actos ejercitativos[9].
Esta cuestión no es banal: reír, celebrar, reproducir, festejar, así como guardar silencio, ignorar o, en general, no rechazar o no desaprobar los actos de subordinación son omisiones y acciones que derivan en la aceptación de una autoridad que hasta ese momento en ese contexto solo se presuponía.
En efecto, a partir del conocido aporte de Lewis[10], se afirma que la pasividad de los receptores (destinatarios o no) desencadena una acomodación individual o social de las presuposiciones que tiene la fuerza de tratar como verdadera la presuposición de autoridad e, incluso, volverla verdadera[11].
En pocas palabras –y admitiendo que la acción de resistencia no necesariamente surtiría efecto–, en las omisiones, es decir, en la ausencia de un contra-discurso[12], por parte de los receptores del acto de subordinación reside la admisión de aquello que se da por sentado al proferir el acto, incluyendo, obviamente, la autoridad.
De este modo, el acto lingüístico de subordinación (en nuestro caso, por cierto, un evidente ejemplo de lenguaje de odio[13]) tiene éxito porque se permite que quien pronunció el acto actúe como si tuviera, tanto la autoridad epistémica para clasificar entre venezolanos (en cuanto inmigrantes) y colombianos, atribuyendo a los primeros la propiedad de ser ladrones, como la autoridad práctica para legitimar tratamientos discriminatorios en su contra y privarlos de derechos, en nuestro caso, el derecho al uso del espacio público.
En cualquier caso, y aquí reitero una cuestión fundamental, un acto de subordinación, en los términos aquí precisados, no puede funcionar, tener éxito (es decir, desplegar su fuerza ilocutiva y, eventualmente, desencadenar sus efectos perlocutivos) contra una persona perteneciente a un grupo social no jerarquizado como inferior[14]. En otras palabras, la jerarquización social, en los términos aquí definida, es condición de posibilidad de los actos de subordinación.
Por este motivo, conviene volver, de manera más directa, sobre las jerarquías sociales y sobre los procesos de subjetivación que las acompañan.
5. Jerarquías sociales y el proceso de subjetivación
Los actos lingüísticos de subordinación funcionan como mecanismos de reiteración, refuerzo y actualización de los procesos de subjetivación que desencadenan las jerarquías sociales. Y no me refiero solo a la subjetivación de los integrantes de grupos subordinados por medio del proceso de etiquetamiento. Me refiero también a la subjetivación de los integrantes de los grupos en posición de privilegio que pronuncian y también escuchan, sin ser destinatarios directos, los actos de subordinación.
En el fondo, un acto de subordinación es una acción que, cada vez, revivifica una división ontológica entre un “nosotros” y un “ellos” y, en casos extremos, entre cuerpos no sacrificables y cuerpos sacrificables (una división entre una zona del ser y una zona del no ser, para usar la famosa distinción sugerida por Frantz Fanon[15]).
Se trata de una división que, por cierto, no solo nos cuenta, falsamente, aunque no necesariamente con la intención de engañar, cómo es el mundo (quiénes supuestamente somos y no somos), sino que prescribe, como cualquier etiquetamiento, a cuáles comportamientos, capacidades y moralidades[16] deberán adecuarse las personas de acuerdo con su ubicación dentro de la jerarquía social reproducida por el acto de subordinación.
Los actos lingüísticos de subordinación son, de este modo, el alimento cotidiano de las jerarquías sociales. Instrumentos comunicativos de reproducción de subjetividades marginalizadas que, cuando clasifican, reiteran y refuerzan este tipo de jerarquías y, en consecuencia, la naturalización de las supuestas propiedades negativas adscritas a ciertas personas por el hecho de pertenecer a un grupo considerado como inferior.
Solo así, solo a través de una apuesta por la conservación de una específica distribución diferenciada del capital simbólico que gobierna la estratificación social, se garantiza el éxito de los respectivos actos ejercitativos, es decir, de los actos que legitiman el tratamiento discriminatorio y privan de poderes y derechos.
Y no olvidemos que las jerarquías sociales, una vez naturalizadas, generan casi que inevitablemente creencias (identitarias) falaces en cabeza del grupo privilegiado, es decir, creencias que resisten a los juicios de falsificación. Creencias amadas, para decirlo con Susan Stebbing[17], en el sentido de que se trata de creencias sobre la supuesta inferioridad de grupos sociales que nos conviene conservar y que nos cuesta trabajo abandonar porque sostienen nuestra identidad, nuestras prácticas sociales[18] y nuestra reconstrucción coherente del mundo.
Por este motivo, las jerarquías sociales no deben ser entendidas como un simple telón de fondo. Son la estructura que distribuye desigualmente autoridad, credibilidad, inteligibilidad y reconocimiento; y son, por tanto, el presupuesto de los actos de subordinación, así como de sus efectos discursivos y epistémicos.