1 de julio de 2026
Herir a las personas con las palabras Reflexiones sobre las jerarquías sociales, la injusticia discursiva y la injusticia epistémica
En efecto, en un contexto jerarquizado, una persona perteneciente al grupo considerado como inferior puede ser víctima de una frustración perlocutiva o, si se prefiere, de un silenciamiento perlocutivo. Me refiero a los casos en que, a pesar del éxito del acto ilocutivo, no se verifican los efectos no lingüísticos que habrían debido verificarse (esperados o no): para decirlo con Austin, no se verifican las “consecuencias o efectos sobre los sentimientos, pensamientos o acciones del auditorio, o de quien emite la expresión, o de otras personas” que deberían derivarse de la recepción del acto ilocutivo[30].
En el caso del rechazo sexual, puede ocurrir que el destinatario comprenda (o habría debido comprender) perfectamente la negativa de la mujer –es decir, que reconozca (o habría debido reconocer) que ella había rechazado– y, aun así, actúe de manera orientada a impedir que ese rechazo produzca sus efectos perlocutivos. Esto sucede, por ejemplo, cuando continúa insistiendo, aparenta no haber entendido o, en general, desconoce en la práctica el rechazo.
Lo mismo puede ocurrir en el ejemplo sobre el ámbito laboral. Puede suceder que el trabajador comprenda (o habría debido comprender) perfectamente que la emisión de la mujer que ocupa un cargo de dirección era una orden y, aun así, decida no obedecerla debido a prejuicios sexistas o a una resistencia contra su autoridad.
En estos casos, el problema no está en la emisión de las palabras ni en el reconocimiento de su fuerza ilocutiva. El rechazo es comprendido (o habría debido ser comprendido) como rechazo, pero no produce el efecto de detener la insistencia; la orden es comprendida (o habría debido ser comprendida) como orden, pero no produce el efecto de orientar la conducta de quien debía ejecutarla. Lo que se frustra, entonces, no es la realización del acto lingüístico como tal, sino los efectos perlocutivos que, en ese contexto, deberían derivarse de su adecuada recepción.
De todas formas, el silenciamiento (pre-locutivo, locutivo, ilocutivo y perlocutivo) tampoco es un fenómeno aislado. En los términos aquí precisados, una persona solo puede ser reducida al silencio, como forma de injusticia discursiva estructural, si pertenece a un grupo social considerado como jerárquicamente inferior. El daño producido por la afectación injusta de la capacidad de una persona para hacer cosas con palabras no puede confundirse con cualquier evento de falla comunicativa. Son las jerarquías sociales las que determinan la condición de posibilidad para que ciertos actos de subordinación sean exitosos y para que ciertas personas, precisamente por pertenecer al grupo considerado como inferior, sean reducidas al silencio.
8. Jerarquías sociales y opresión epistémica
Las jerarquías sociales no solo distribuyen desigualmente el poder de hacer cosas con palabras. Las creencias falaces arriba mencionadas (v. supra § 5) tienen efectos perjudiciales también en la capacidad epistémica de los grupos considerados como inferiores. En otros términos, la cristalización de creencias sobre la inferioridad de ciertos grupos y la naturalización de las propiedades a ellos adscritas incide en la capacidad de las personas subordinadas para producir, recibir, transmitir y validar conocimiento. En pocas palabras, las jerarquías sociales hacen posible la producción de injusticias epistémicas[31].
En términos generales, es importante precisar que la injusticia epistémica, que no es otra cosa que una forma de referir una injusta distribución diferenciada de poder epistémico, es el resultado y, al mismo tiempo, el refuerzo de jerarquías sociales. De este modo, la jerarquización funciona como “justificación” de la desautorización de las narraciones y de los respectivos recursos lingüísticos y conceptuales (recursos hermenéuticos) que la persona marginalizada usa para interpretarse a sí misma, a sus semejantes y a su entorno.
Como es sabido, fue Miranda Fricker quien popularizó esta forma de injusticia cuando distinguió, en realidad de forma demasiado tajante, al menos en sus primeros escritos, entre dos tipos de injusticia epistémica[32].
De un lado, la injusticia testimonial, es decir, una injusticia cuyo daño consiste en un déficit de credibilidad de la persona afectada como consecuencia de prejuicios identitarios. De otro lado, la injusticia hermenéutica, es decir, una injusticia cuyo daño consiste en un déficit estructural de inteligibilidad debido a lagunas en los recursos interpretativos colectivos (recursos lingüísticos y conceptuales); lagunas que perjudican de manera especial a los grupos socialmente marginados.
Tendré en mente (aunque no exclusivamente) los casos en que, de algún modo, se combina el déficit de credibilidad y el déficit de inteligibilidad. Además, me interesa la injusticia epistémica sobre todo en cuanto opresión epistémica, en los términos de Kristie Dotson[33]. Si es así, me interesan los casos persistentes –y, entonces, la práctica social– en los que se combinan la estructura del sistema social mayoritario con la acción de los agentes epistémicos involucrados. También me interesan los casos que derivan, no solo de lagunas conceptuales y lingüísticas en los grupos víctimas de injusticia epistémica sino, sobre todo, los casos que derivan de la desatención, tergiversación o manipulación, por parte de otros agentes, de los recursos lingüísticos y conceptuales ya existentes en el grupo víctima de opresión y exclusión social.
Bajo estos parámetros, la injusticia epistémica aparece aquí no como un problema independiente de la jerarquización social, sino como una de sus consecuencias más incisivas y persistentes.
9. Algunos rostros de la injusticia epistémica
La naturalización de las jerarquías sociales se refleja precisamente (entre otras cosas) en la consolidación de prejuicios identitarios. En este proceso de hetero-producción de subjetividades marginalizadas, la opresión epistémica puede operar sin que las personas favorecidas o, en cualquier caso, no perjudicadas por la jerarquía social sean conscientes.
En concreto, esta invisibilización de la opresión epistémica a los ojos del sujeto no jerarquizado se configura como una especie de ignorancia por la necesidad de no saber algo, es decir, una ignorancia activa (en los términos de Medina[34]) u obstinada (en los términos de Tuana[35]) que permite, en el nivel emotivo y cognitivo, la ruptura de la conexión necesaria entre el propio privilegio epistémico (y discursivo) y la opresión epistémica de los otros.
De este modo, la ignorancia activa funciona como un escudo de conservación de las jerarquías sociales. Una especie de privilegio epistemológico de la ignorancia[36] que permite, por medio de una ceguera estratégica, marginalizar, banalizar, malinterpretar y neutralizar los significados adscritos por parte de los grupos considerados como inferiores con base en los propios recursos hermenéuticos –con base en el conjunto de sus propios recursos lingüísticos y conceptuales–. Una forma de exclusión o desatención epistémica persistente que puede describirse, con Dotson, como contributory injustice[37] y que, con sus diferencias, está emparentada con lo que Gaile Pohlhaus ha llamado willful hermeneutical ignorance[38].