1 de julio de 2026

Herir a las personas con las palabras Reflexiones sobre las jerarquías sociales, la injusticia discursiva y la injusticia epistémica

De hecho, incluso cuando, en el mejor de los casos, el grupo no jerarquizado tiene la intención de escuchar y superar los prejuicios identitarios negativos, así como la intención de comprender a la persona marginalizada epistémicamente, de todas formas, puede presentarse, para decirlo con María Lugones[39], una especie de “percepción búmeran”. Me refiero a los casos en que la persona marginalizada es percibida únicamente desde el punto de vista de los grupos detentadores del privilegio epistémico. Las personas consideradas jerárquicamente inferiores, lo que sienten, lo que creen, lo que saben, lo que desean, lo que rechazan, es leído como un reflejo y, entonces, imitación distorsionada, mejorable, de quienes observan.

Por esta razón, más allá de los buenos propósitos, es posible que cuando la persona injustamente jerarquizada interactúa epistémicamente con los grupos no jerarquizados, se materialice una especie de banalización, tergiversación o neutralización del punto de vista “del otro” y una reformulación, en la forma de una opresión epistémica por apropiación[40], de los eventuales aportes a la formación del conocimiento por parte del grupo social injustamente jerarquizado.

Por estos y otros motivos, puede suceder, incluso, que las personas marginalizadas prefieran no intervenir en el proceso de producción, circulación, transmisión y validación del conocimiento. Se trata de un evento que se verifica, por ejemplo, como efecto perlocutivo del uso, también implícito, del lenguaje de odio en los actos de subordinación. En términos más precisos, la persona jerarquizada sofoca su propia narración y/o sus interpretaciones sobre sí misma y el mundo que la circunda en cuanto considera que al receptor no le interesa y porque considera que exponer su narración puede comportar un riesgo para sí misma y para sus personas más cercanas.

A esto se refieren Kristie Dotson[41] y José Medina[42] cuando hablan, respectivamente, de testimonial smothering y de hermeneutical smothering. En suma, una especie de previsión o anticipación de un fallido acto comunicativo que conduce a un auto-silenciamiento pre-locutivo (v. supra § 6) por parte del sujeto marginalizado y, entonces, a la imposibilidad de intervenir en el proceso de producción, circulación, recepción y validación del conocimiento. En este tipo de marginalización epistémica pueden situarse no solo formas de autoprotección frente al riesgo, sino también, en cierta medida, formas conscientes de resignación, es decir, supuestos en los que la persona marginalizada, aun advirtiendo su propia situación de inferiorización, decide callar o no insistir en el acto comunicativo[43].

Se trata, sin embargo, de una forma de auto-silenciamiento distinta de aquellos casos en que la naturalización de las jerarquías sociales genera una especie de autoengaño, complicidad o sumisión[44], esto es, formas de aceptación irreflexiva de la marginalización epistémica por parte de la persona inferiorizada. Es en este segundo tipo donde puede situarse lo que José Medina ha llamado hermeneutical blocking[45]. En efecto, en este evento, la exclusión epistémica no deriva ya de una medida de autoprotección ni de una eventual decisión (considerada como inevitable) de callar, sino de una aceptación o justificación interiorizada de la jerarquía por parte del grupo marginalizado.

En cualquier caso, la opresión epistémica no denota déficits de inteligibilidad y/o de credibilidad contingentes. En atención a lo afirmado a lo largo de este escrito, estos déficits son relevantes solo en cuanto estructurales y referidos a grupos sociales jerarquizados como inferiores. En efecto, las jerarquías sociales como aquí entendidas (v. supra § 1) son condición de posibilidad de la opresión epistémica: solo así es posible que se materialice ese entramado de prácticas de ignorancia, tergiversación, apropiación y auto-sofocamiento, que hunde su raíz precisamente en las prácticas sociales que la jerarquía social pretende conservar.

10. Consideraciones finales

En este escrito, con el fin de incorporar algunos conceptos muchas veces ausentes en la reflexión iusprivatista sobre la asimetría de poder, he abordado algunos temas ya clásicos dentro de los debates que caracterizan la filosofía social del lenguaje –como los actos lingüísticos de subordinación y el silenciamiento– y la epistemología social, en particular, algunos de sus desarrollos (sobre todo) feministas y antiracistas vinculados con la opresión epistémica.

El objetivo principal ha sido mostrar cómo una persona puede sufrir daño, ser herida, tanto en su capacidad para hacer cosas con palabras, como en su capacidad para incidir, como agente epistémico, en los procesos de producción, recepción, circulación y validación del conocimiento.

He insistido en una idea que atraviesa buena parte de la literatura aquí examinada, pero cuya reiteración no es superflua: las jerarquías sociales, en los términos sugeridos al inicio, son condición de posibilidad de los actos lingüísticos de subordinación, del silenciamiento y de la opresión epistémica.

Tomar en serio este orden de precedencia permite, por cierto, evitar que las categorías críticas elaboradas para dar cuenta de estos fenómenos sean apropiadas, en el sentido de capturadas y tergiversadas, mediante construcciones conceptuales desafortunadas –como aquella, entre otras, de la mal llamada “discriminación inversa”–. Estas construcciones terminan por sugerir una simetría    cuando, en cambio, el análisis exige considerar la estructura social de opresión que jerarquiza a una persona en cuanto perteneciente a un grupo social considerado como inferior.

De este modo, no se trata de entender las jerarquías sociales como un irrelevante telón de fondo del proceso de producción de daños discursivos y epistémicos que afectarían por igual a cualquier persona, sino como el presupuesto que permite explicar la eficacia y persistencia de daños que, en los casos aquí analizados, se materializan respecto de personas pertenecientes a grupos sociales previamente situados como inferiores.

Esto permite aclarar, en primer lugar, el funcionamiento de los actos lingüísticos de subordinación. Como he sostenido, estos actos no preceden a la jerarquía social ni constituyen su razón originaria. Su éxito presupone, más bien, un conjunto de creencias, expectativas, comportamientos y prácticas sociales de opresión respecto de grupos ya jerarquizados. Los actos de subordinación aquí analizados operan actualizando y contribuyendo a conservar una posición de inferioridad que hace posible su eficacia.

El mismo orden de precedencia permite situar, en los casos aquí considerados, el silenciamiento y la opresión epistémica. La reducción al silencio, en las diferentes manifestaciones aquí analizadas, no es un fenómeno aislado, sino una forma de injusticia discursiva que presupone una desigualdad estructural en la capacidad de incidir en el mundo mediante el uso del lenguaje. Del mismo modo, la opresión epistémica no expresa simples déficits contingentes de credibilidad o inteligibilidad, sino prácticas persistentes que encuentran su raíz en la jerarquización social y que, al mismo tiempo, contribuyen a su conservación.

Por este motivo, si se quiere tomar en serio la asimetría de poder en las relaciones entre privados, creo que el análisis de la producción y de los efectos de las jerarquías sociales debe ocupar un lugar privilegiado en la reflexión jurídica iusprivatista. No se trata, por ejemplo, de limitarse a constatar los casos más evidentes de discriminación, sino de examinar también la forma en que, en tales relaciones, las personas son situadas respecto de su capacidad para incidir en el mundo mediante el uso del lenguaje y para participar en los procesos de producción, circulación, recepción y validación del conocimiento.

El análisis debe desplazarse, de este modo, hacia las condiciones sociales que hacen posible que, mediante prácticas lingüísticas y epistémicas, tales jerarquías se reproduzcan cotidianamente, muchas veces con la complicidad del derecho, así como hacia la forma en que, en las relaciones entre privados, se articula el sistema –no solo económico– que impulsa y conserva el mismo proceso de jerarquización.